Después de haber pasado mucho tiempo con Arch Linux en el escritorio, en algún momento tuve que detenerme y enfrentar una pregunta incómoda.
Arch con el kernel zen es una máquina de guerra. Rolling release, siempre actualizado, rendimiento al máximo. Jugué bien a Diablo 4 bajo Proton, gestioné drivers NVIDIA propietarios, construí una cadena de software personalizado para ejecutar títulos de Windows sin demasiados compromisos. Funcionaba. No es que no funcionara.
El problema era otro: ¿cuánto tiempo pasaba usando el sistema versus cuánto dedicaba a mantenerlo?
Con cada actualización de los drivers NVIDIA hacía falta una compilación adicional. De vez en cuando algo se rompía: los decoradores de KDE descolocaban las ventanas, la tarjeta de sonido dejaba de responder, el Bluetooth perdía los auriculares. Nada irreparable, todo solucionable. Pero volvía a los mismos problemas cíclicamente, varias veces. En algún momento el mantenimiento había dejado de ser interesante y se había convertido en un coste de tiempo.
El momento de claridad llegó con Diablo 4 tras la expansión Vessel of Hatred: errores de asignación de VRAM, cuelgues recurrentes, parches que se acumulaban. El juego funcionaba, pero entre un arranque y otro seguía preguntándome si el problema era Proton, el driver, el parche de Blizzard o mi sistema. En Windows esa pregunta no existe.
Ahí entendí que seguía adelante por obstinación más que por elección racional.
Como técnico, la respuesta tiene que ser técnica: cada herramienta debe usarse en el rol donde rinde más. Como me dijo una vez un jefe de proyecto: «cuando vas de caza, lleva siempre el mejor fusil.»
Conclusión: Windows para clientes, Linux para servidores
Windows no es el sistema más elegante que existe. Pero es donde los fabricantes prueban de verdad, donde los drivers están diseñados para funcionar sin intermediarios, donde una actualización no requiere que vayas a ver qué se ha roto. Para un uso principalmente gaming, esto importa. Linux con toda su flexibilidad pone igualmente una capa entre tú y el software, y esa capa tarde o temprano se hace notar.
En los servidores es otra historia: ahí Linux sigue siendo un campeón, optimizado en décadas de trabajo colectivo, ligero, fiable. Raspberry Pi, VPS — todo corre sobre Linux sin que tenga que pensar en ello.
Lo que quiero dejar claro es que volver a Windows no significó renunciar a las herramientas open source ni al entorno Linux. WSL2 está ahí, los contenedores Docker funcionan, la terminal funciona. No es una rendición, es una división de roles.
Algunos dirán que he envejecido. Prefiero pensar que después de adquirir más experiencia decidí poner la herramienta más adecuada en el lugar correcto. Y como se dice: solo los tontos no cambian de opinión.








